

Llegamos a Siem Reap, puerta de entrada a los templos de Angkor, el jueves 5 de noviembre y Ana llegó desde Myanmar el viernes. Por el camino intenté entrar a ver algún templo pero resulta que sólo puedes sacar entrada en Siem Reap y a partir de ahí puedes ir recorriendo los templos. Es un tanto frustrante plantarte a la puerta de un templo, que quieres visitar después de más de noventa kilómetros en bici, y que te digan que te tienes que ir a sacar la entrada a un puesto equipado para ello que está a otros cuarenta kilómetros y, luego si eso, ya vuelves para ver el templo.

Hemos pasado cinco días en Siem Reap y visitando los templos. Al principio te quedas un poco frío ya que todo el mundo habla de Angkor y te esperas abrir la boca y no cerrarla en un largo tiempo. No es exactamente así, lo que te va llenando son pequeñas cosas. Por supuesto, están los grandes templos, los más famosos que destacan sobre los demás pero realmente te vas sorprendiendo con todo lo que hay alrededor. Templos más pequeños, templos mezclados con la vegetación, infinidad de piedras, ladrillos, grabados, inscripciones,… Por todas partes vas descubriendo (descubrir es un decir, esto está muy trillado) lugares y detalles que te sorprenden y creo que podría estar encntrando pequeñas cosas por mucho tiempo, detalles de ventanas, de esculturas, de árboles creciendo sobre los muros como si los estuvieran abrazando, piedras talladas, restos de lo que pudo haber sido y de lo que aún es. En realidad,

no se puede describir en poco espacio ni tiempo y es mejor verlo por uno mismo. Ni siquiera las fotos hacen justicia a lo que realmente hay detrás.
No encontramos demasiados turistas, aunque sí había. Creo que se concentran para ver el amanecer en el templo de Angkor Wat y el atardecer en Bayon como manda la santa madre Lonely Planet. El resto se hace sin demasiados agobios. Hay momentos de saturación cuando encuentras al grupo de chinos que nunca baja de los cuarenta y que se hacen las mismas fotos en pareja en el mismo sitio exacto, eso sí, variando los gestos de serio a sonriente y de pulgares arriba a símbolo de la victoria. En esos momentos lo mejor es disfrutar del espectáculo desde alguna sombra cercana y dejar que se vayan, son rápidos cambiando de pareja en el punto señalado para la foto e incluso algunos se cuelan en las fotos de otros para que se den prisa. La paciencia del guía y el fotógrafo que

les acompaña es proverbial. Supongo que en algún momento se preguntarán por qué no aprendieron japonés en lugar de chino.
Hicimos un par de días de visita en bici y otro en un tuctuc para llegar a los templos más alejados. Para llevarse una idea de lo que es esto es suficiente con dos días aunque como digo podrías estar visitándolo un mes y descubrir nuevas cosas cada día. Ana estuvo montando a Katanka y parece que no se sintió extraña por el cambio de jinete (Katanka digo). Yo sí noté la diferencia de montura con una bici china muy pesada y sin cambios que no estaba a la altura.

En un momento, en que nos habíamos parado a comer algo, se puso a llover. Aquí cuando llueve, comienza despacio, como quien no quiere la cosa, y luego se abre el cielo para jarrear a conciencia. No suele durar mucho la lluvia y cae con ganas, luego para de llover y vuelve a hacer el mismo calor que hacía sólo que ahora caminas entre charcos y la humedad sube del suelo casi tan deprisa como había caído. El caso es que se puso a llover y los turistas salieron despavoridos del templo que teníamos enfrente. En su camino se cruzaron, sin verlos, con un grupo de niños que se acercaron a las paredes del templo a un lugar

por donde el agua expulsada del recinto sagrado formaba una especie de mini cascada y allí se dieron una ducha en toda regla jugando con el agua y calándose hasta los huesos. Unos iban con poca ropa y otros con ninguna. Nos dieron cierta envidia, hay que reconocerlo.
Estuvimos en dos hoteles, ambos muy acogedores aunque el primero de gran lujo. De esos hoteles donde te abren la puerta cada vez que llegas y te saludan con mucho respeto y todo está impoluto. Como mi armario es muy limitado creo que fui dando la nota por el lugar. Algunos clientes me miraban como pensando que me había equivocado de lugar o que me estaba colando aprovechando que era rubio. Me ayudó este aspecto a la hora de hacer el check in. En un primer momento me dijeron que tenía que esperar una hora para tener la habitación y que si quería ir a dar una vuelta y regresar después. Les dije que me quedaba allí en aquel esplendido recibidor del hotel y al cabo de quince minutos me dijeron que mi habitación estaba lista.

El martes Ana se fue para Myanmar y Katanka y yo salimos el miércoles para Phnom Penh, en un bus que tardó más de seis horas y que nos dejó en la capital de Camboya en perfecto estado.







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